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martes, 14 de septiembre de 2021

¿Estamos pasándonos a la hora de "hacer felices" a nuestros hijos?

 Hace mucho tiempo que vengo haciendo esta reflexión. Son cosas como los cumpleaños, las navidades, o los veranos cuando pienso en el esfuerzo que están (o estamos) haciendo los padres para que los peques sean lo más felices posible. Eso incluye maquillar algunas cosillas, gastos desproporcionados en alguna celebración o agendas veraniegas adaptadas 100% a las criaturas. Pero a pesar de que encontrar el equilibrio es difícil creo que hay varios factores que no tenemos en cuenta a la hora de valorar nuestras actuaciones. ¿Crees que nos estamos pasando con los niños?

1. La compensación

Creo que en el caso de padres trabajadores el exceso en ocasiones puntuales viene de la mano del sentimiento de culpa. De las veces que no estamos porque tenemos que trabajar dentro o fuera de casa. Por las ausencias y las extraescolares del curso. Esa ausencia se suple con regalos o detalles ocasionales (o no tanto) para que los niños sientan ese apego que no ha hecho el roce de todo el año. Una consola por el cumpleaños, un salón lleno de regalos en navidad, parques temáticos en verano... 

2. Las propias expectativas

Otras veces quizás tenemos referentes de nuestra infancia. ya sea en una dirección o en otra. Si algo nos gustaba de pequeños lo repetimos, si algo nos faltó intentamos que a ellos no les pase. Vamos poniendo parches a nuestros propios traumas a través de nuestros hijos.

3. El coronavirus

Os va a parecer una tontería pero creo que en una franja concreta de edad el coronavirus ha hecho que muchos niños hayan perdido determinadas experiencias vitales y los padres intentamos rellenarlas (más mal que bien). 

Pongo un ejemplo. El otro día encontré en la cartera un vale para las atracciones del centro comercial. Llevaba allí año y medio, el tiempo que hemos dejado las rutinas. En ese tiempo todas las atracciones que solía usar ya no son de su edad. Algunas incluso por su tamaño las tiene ya prohibidas. Le quedaban tres viajes. Podía haber sido un castillo hinchable a la salida de un cine, o un recorrido en los coches una tarde que hubiéramos ido a merendar. Una tarde de hace un año que nunca llegó. Me invadió una profunda tristeza. Como si fuera culpa mía que ese vale nunca se hubiera usado. Me quedé mirándolo un rato grande. Muy fijamente. Y cuando pasó una niña por mi lado de unos 5 años se lo regalé a su madre. Creo que no voy a olvidar nunca lo mal que me hizo sentir ese trozo de papel. 

Ahora me he dado cuenta de que el ahora es lo único que cuenta y que no es posible aplazar cosas. Y eso casi es peor porque a cada plan que me ofrecen digo que si. Sin pensarlo. por si nunca se puede repetir. y creo que tengo que echar el freno aunque reconozco que es bastante divertido (ojo, dentro de la responsabilidad y las cosas que se pueden hacer, no estoy tan loca). 

4. El culo veo

Yo no era de querer cosas porque las veía a los demás pero reconozco que las redes sociales han alimentado mi afán consumista. Es ver una foto de un paraje o un plan y los anoto delicadamente en la agenda de cosas pendientes. Lo cierto es que no nos faltan las ideas pero también que igual que a veces apunto cosas para vivir experiencias también apunto cosas de consumismo de lo más básico. Incluso para mi. Así que si los niños estaban hiper regalados ahora están hiper regalados de cosas que nunca usarán. Creo que puedo hacer una lista de más de 20 personas que compraron juguetes de maderita y que solo sirvieron de decoración en casa porque sus hijos querían Legos, Barbies o cochecitos. Un propósito bonito sería escuchar más lo que piden  razonar si lo piden de verdad y dejar de comprar cosa que me gusten a mi. ¡Basta de meter cosas en casa! Así el crecimiento de Wallapop se ha ido de las manos. 


En resumen, creo que hay que plantearse dónde reside la verdadera felicidad de los niños ¿Estoy loca o hay alguien más como yo ahí fuera?

jueves, 14 de enero de 2021

Volvemos a primero de pandemia

 Estos días en Madrid ha nevado. No es un secreto porque la estampa de la Gran Vía nevada y la gente esquiando en Callao han dado a vuelta a España entera. Ha sido un regalo de navidad en forma de un fin de semana para jugar y alargar la diversión. Pero lo que no esperábamos es que ese respiro se convirtiera en un regreso a a situación de marzo con una semana sin cole pero con conexiones infernales. Y eso sumado a que los padres no pueden teletrabajar o que los camiones no llegaban a los supermercados hizo que incluso viviéramos un desabastecimiento real como no lo habíamos visto hasta la fecha. 

Escribo esto para que, en un futuro, cuando veamos estas estampas idílicas en la nieve recordemos también los momentos de crisis, que los ha habido a granel, o las ganas de arrojar los libros digitales del colegio por la ventana. El encierro se hizo efectivo el lunes cuando la nieve dio paso al hielo y era inviable transitar las aceras o los parques. Los hospitales empezaron a ingresar más traumatismos que enfermos de COVID y nosotros nos encerraos para evitar colapsar aún más el sistema sanitario y claro los nervios surgieron como era de esperar. Niños aburridos que no se cansan y con el peso de las tareas y los trabajos. Llegar a las 3 de la tarde tan agotados como si fueran las 11 de la noche. 

El mismo lunes anunciaron que lo que iban a ser dos días se convertía en una semana. Esa es la realidad que dejaron las nevadas en las familias después de las estampas de guerras de nieve y trineos en las cuestas. 

Poco se ha aprendido sobre conciliación en la pandemia, poco hacen las empresas los sindicatos o las asociaciones para poder hacer que en situaciones extremas no estemos como estamos porque nunca ha pasado nada así pero ... aquí estamos después de una pandemia y un temporal único en España sin tener herramientas validas para padres y niños que defiendan su intereses particulares, sus circunstancias personales y que respeten su derecho a existir. 

Creo hablar en nombre de mucha gente cuando afirmo que esta semana ha sido terrible. Casi peor que en marzo porque en marzo la situación afectaba a todo el mundo y esta nevada sólo a una parte de España y en concreto algunas zonas más que otras como pueblos sin medio de trasporte o trabajadores que dependen de su medio de trasporte particular para llegar a sus puestos. Y de nuevo las familias lo han vuelto a pagar haciendo malabares para llegar a todo (o no llegar y punto).

Este es un blog donde hablamos de actividades en familia y de momentos divertidos pero esos días no lo han sido por los plazos de entrega, las videollamadas del infierno y el resto de acciones cotidianas que se han quedado en stand by por “cuatro copos de nieve” . Madrid no estaba preparada a pesar de que se estaba hablando de esa nevada desde hace varios días. No hubo previsión, no hubo respuestas, al contrario, hubo caos y pocas soluciones. Una ciudad colapsada y la imposibilidad de coger el coche pero también zonas donde no había trasporte público para poder salir. Gente en sus coches atrapados, Mercamadrid cerrado y los parques zonas catastróficas. Árboles caídos sin recoger. Las calles imposibles, solo las zonas que los vecinos limpiaban con sus escasos recursos eran de acceso. Las carreteras mal y una semana después el ejercito empieza a ayudar a su limpieza. Se podían haber organizado las cosas de otra manera pero no se hizo y aquí andamos haciendo ejercicios de medir con regla sobre un IPad porque como nos pasó en marzo los libros de texto están en el cole. La situación me enfada y como no hay solución me frustra. 

Siento que este 2021 es una prolongación agónica de las desgracias de 2020. No acaba enero y ya odio el año nuevo. Pero nada, cuando consigamos reponernos de la tarea diaria sacaremos un juego de mesa y con la calefacción a tope seguiremos sobreviviendo porque tampoco quedan muchas opciones. Y pondremos buena cara porque no es postureo, es supervivencia 

2021 ya vale. De verdad. La sociedad no está preparada para más desgracias.

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